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Es una de las grandes de la escena española. Lleva subida a las tablas desde los trece años y ha interpretado en cuerpo y alma los textos de Eurípides, Brecht, Shakespeare, Wilde o Alberti. Ahora se sube a los escenarios bajo la asfixia de Bernarda Alba, un papel que nunca deseó interpretar. Hasta que el fascinante montaje de Lluis Pasqual le hizo cambiar de opinión...
• La Bernarda de Nuria Espert es un personaje muy humano...
Sí. Habitualmente se ha interpretado a Bernarda como una especie de símbolo hierático y cerrado. Pero en las grandes obras de teatro (y ésta de Lorca lo es) los personajes no tienen nunca una única faceta sino que pueden leerse de muchas maneras. En el texto encontramos las claves para la diversidad de representaciones de Bernarda: su represión y su violencia pero también sus dudas respecto a ser capaz de perpetuar su visión de la vida.
• Háblenos un poco de ella.
No es una mujer burguesa, no es muy religiosa (el funeral para ella es sólo un rito social). No es una mujer refinada ni de gran cultura, defiende valores obsoletos en los que sigue creyendo sin ninguna justificación racional y de los que no puede despegarse... Pero duda de su capacidad para hacer que dichos valores continúen inamovibles y muestra también su deseo de una vida distinta a la que le ha tocaco vivir.
• ¿Es cierto que inicialmente no quiso participar en este montaje?
Cuando Pasqual me planteó colaborar en este proyecto me generó mucho rechazo. El papel no me atraía en absoluto y me generaba malestar. Bernarda me parecía monolítica, no entendía cómo no podía darse cuenta de los cambios que ocurren a su alrededor.
• Si embargo, finalmente se embarcó en el proyecto...
Cambié de opinión completamente. He visto a varias actrices muy buenas interpretando a Bernarda... Y lo que no me gustaba era el papel. En este montaje de Pasqual (que, en mi opinión, junto con “El Público”, se trata de su mejor proyecto), los personajes adquieren otra realidad. Todo destila algo muy clásico pero a la vez es de una profunda contemporaneidad.
• La relación con su criada, la Poncia, es especialmente intensa...
Es una de esas relaciones difíciles entre patrón y criada... Éstas pueden ser muy íntimas pero que siempre están marcadas por el hecho de que uno paga y el otro sirve. Bernarda y la Poncia llevan treinta años juntas, lo saben todo la una de la otra. La Poncia admira muchísimo a Bernarda y sacaría los ojos a aquel que hablara mal de ella pero también conoce todas sus flaquezas... Sabe hasta qué punto hace daño a sus hijas y critica ferozmente la forma que tiene de educarlas... Aunque también comprende que Bernarda es una prisionera de su entorno, el pueblo entero es una cárcel...
• ¿El público a ambos lados del escenario contribuye a esta atmósfera de encierro?
Sí. El grandísimo acierto de Pasqual ha sido justamente la distribución del público. En algunos momentos del montaje, los espectadores quedan iluminados por la luz que se difunde del escenario. Todos nos sentimos dentro de esa casa de la que no se puede salir. Es paradójico que sea un espacio cerrado pero abierto al mismo tiempo.
• ¿Es distinto interpretar así que a la italiana?
El hecho de que no fuera un escenario a la italiana fue otra de las razones que me animó a embarcarme en este proyecto. Contar sólo con dos paredes ofrece una posibilidad de enfoque distinta, las relaciones entre los personajes debían de ser más intensas. La actuación exige una concentración infinitamente mayor.
• ¿Cómo se siente cuando ya le han dedicado dos teatros? ¿No es esto un homenaje más propiamente póstumo?
Yo me alegré muchísimo, me parece un reconocimiento muy especial. Y además, como yo no tengo intención de morirme... (Risas).
• ¿En qué se parece Bernarda a Nuria Espert?
¡En nada de nada! (Risas). Soy la persona con la manga más ancha para el mundo (aunque algo menos ancha para mí). Por encima de todo respeto la libertad. Bernarda siempre está en vilo, en tensión. Yo en cambio soy una persona muy calmada, a veces demasiado...
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